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Maldad inherente (parte 1)

Being “evil”; it is in our nature to eat one another (as it happens with other species).

El otro día estaba valiendo madre por ahí, no recuerdo qué haciendo, salvando focas en Alaska o peleando contra la madre rusia para defender el círculo polar ártico, y de pronto me llegó una epifanía: somos (nosotros, todos, la humanidad) una terrible y sencilla forma de vida animalezca, ceñida sí (quizá) de ética, moral, bondad y buenas costumbres, pero también de maldad, malevolencia y maleficios malos, malignos y maltrechos.

Si es correcta la diabólica teoría darwinezca de que la humanidad evolucionó de otros animales y no es cierto que el santo padre de la santísima creación nos hizo a su sacra imagen y divina semejanza, entonces nuestra especie comparte más vínculos con los animales que sólo los instintos básicos de supervivencia. O más bien: estos instintos de supervivencia también han evolucionado y se han convertido en algo más que sólo el procurar sobrevivir con lo básico.

Es decir: allá afuera, en las calles, en las aldeas, en las ciudades, en los pueblos del mundo donde haya organizaciones humanas, todo es una jungla; el más fuerte se chinga al más débil. Políticos, empresarios, líderes religiosos o de cualquier otro tipo, todos ellos depredan a los demás, de una u otra manera para conseguir beneficios personales o para su manada. Y asumimos que esto es malo, incorrecto, antiético y enfermo, dependiendo de la capacidad o nivel de agresividad con el que cuente este “macho alfa” (que en realidad podría ser hembra) para dañar a las demás especies (incluyendo la propia) sin importar nada más que su búsqueda de ampliación de beneficios.

Pero mi cuestionamiento es algo así: si los animales se comen los unos a los otros (inter-especie o cannibalísticamente, como las mantis religiosas) y nosotros asignamos calificaciones objetivas (no moralistas) a este comportamiento, ¿por qué no hacemos lo mismo con la humanidad? Traduciendo… si está en nuestra naturaleza comernos vivos los unos a los otros, ¿por qué no juzgamos con la misma filosofía estos hechos con la que juzgamos a los animales? Sin pintarlos de “bueno” o “malo”, y ¿por qué no lo aplicamos nosotros mismos en nuestra vida?

Si está en nuestra naturaleza, entonces hagamos lo que sea necesario para procurarnos placer y bienestar, aunque esto implique romper las normas civiles, paradigmas responsables, leyes sociales o constituciones humanas… ¡que el mundo arda, que de todos modos se va a acabar!

PD: estimado lector, el sarcasmo es opcional y atribuible a su propio nivel de ética. La depresión también.


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